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El 2001, el mercado del siglo XXI

El proyecto de reforma

Historia de una plaza que devino mercado

La arquitectura del mercado de la Boqueria

El cuerno de la abundancia

Guía práctica


 
 

TEXT: Josep M. Rovira  
Arquitecto. Profesor de Historia de la Arquitectura de la ETSAB  

La arquitectura del mercado de la Boqueria

 

 

 

 

 

 

 

 

 

En 1861 se publican en Barcelona unas aleluyas de edificios notables. Se trata de una hoja que contiene las imágenes de los alzados o de las perspectivas, enmarcadas en forma de cuadrado, de 48 arquitecturas de la ciudad, tanto religiosas como representativas de los valores civiles colectivos, de una marcada importancia histórica. l número 28 corresponde a la "Plaza de San José" y en ella podemos observar la mitad de una plaza clásica con un orden gigante en la parte inferior rematado con tres plantas de viviendas. El exquisito orden geométrico y el sistema de columnas dotan al conjunto de una monumentalidad y una grandeza que seguramente fueron decisivas para incluir dicha plaza en esta recopilación de imágenes, con más razón si tenemos en cuenta que la Plaça Reial terminó de construirse el año anterior y no aparece representada.

El 15 de agosto de 1862, el arquitecto Miquel Garriga i Roca publica el Plano geográfico-geométrico de la ciudad de Barcelona. Proyecto de reforma general. Es en esta interpretación de la ciudad en la que podemos observar, subiendo desde el mar, el proceso de transformación que ha sufrido La Rambla después de la desamortización. En él encontramos el Teatre Princial, la Plaça Reial, el Teatre del Liceu y una plaza de considerables dimensiones con soportales sin terminar, con el mismo nombre que hemos visto antes: "Plaza de San José"..

Zona central de la Rambla según plano de M. Garriga i Roca, del año 1859.

   

Un poco más tarde y con motivo de la celebración de la Exposición Universal de 1888, la Fábrica de Cerillas Fosfóricas de Pascual Perpiñá edita un cartel con un nombre también aclarador: "Recuerdo de la Exposición Universal de Barcelona de 1888. Edificios públicos y monumentos notables". Ahora se trata de 42 dibujos apaisados en los que podemos observar la mayoría de los palacios que se edificaron con motivo de la muestra, además de las usuales arquitecturas representativas y religiosas. Sorprende, no obstante, la presencia de dos novedades, cuyo significado no se nos puede escapar: el Born, acabado de construir en 1876 según el proyecto de Josep Fontseré, y el mercado de Sant Antoni, cuyas obras finalizaron en 1882 de la mano directora del arquitecto Antoni Rovira i Trias. En cambio, no hay ni rastro de la plaza Sant Josep. Ahora ya no es considerada una arquitectura digna de ser mostrada a los visitantes de la ciudad y, lo que es peor, tampoco figura acompañando una de las nuevas tipologías arquitectónicas barcelonesas con las que la ciudad ha solventado algunos aspectos sanitarios y distributivos de su funcionamiento moderno: el mercado, estable y cubierto.

¿Qué puede haber pasado? ¿Por qué la forma de un espacio que se había comenzado con tanta potencia urbana -basta con comparar, en el plano de Garriga, la dimensión de aquella plaza y la de la Plaça Reial- ha desaparecido del imaginario colectivo de la ciudad?

Fragmento de unas aleluyas sobre edificios notables del año 1861 (la Boqueria es la plaza de San José).
Plaza del Padró Casa de Caridad Plaza de San José


La historia de las circunstancias de un proyecto
En el lugar que hemos denominado plaza Sant Josep estaba, antes de 1823, el convento y la iglesia de Sant Josep. Es después del derribo iniciado ese año cuando el mercado se instala aquí. Antes, delante del convento y en las aceras de la Rambla de Sant Josep y en el Pla de la Boqueria, los puestos de comestibles constituían una especie de mercado donde ya en 1797 el ayuntamiento autorizó la venta de pescado, actividad reservada al barrio de la Ribera.

Imágen histórica del mercado de Galvany.

© Lluís Clotet  

Con incendios, leyes y decretos, entre 1835 y 1843 desaparecen los conventos y monasterios, y la ciudad se encuentra con grandes vacíos urbanos que aprovecha para cambiar el significado de La Rambla, mediante la construcción de espacios públicos y teatros que habían de convertirla en la principal arteria de la ciudad. Esta operación se confió a la arquitectura académica que, con su monumentalidad, se ocupó de levantar la nueva fachada del paso más importante de la cuidad. La apertura de la calle Ferran en 1826 y la construcción de la nueva fachada del Ayuntamiento entre 1831 y 1847 ya anunciaban el nuevo gusto oficial y las ansias de remonumentalización. La sospechosa simetría del edificio consistorial y lo que hoy llamamos Palau de la Generalitat buscaba una continuidad espacial urbana que, negando el pasado gótico, permitiera vincular las nuevas arquitecturas con los nuevos intereses estéticos de la burguesía industrial.

Imágen histórica del mercado de la Concepció.

AHCB-AF J. Fracés  

El responsable de la nueva fachada del Ayuntamiento, Josep Mas i Vila, fue también el autor del proyecto de la plaza Sant Josep, cuya primera piedra se colocó el 19 de marzo de 1840 en el solar que ocupaba el antiguo convento de carmelitas descalzos. El gusto por este tipo de plazas porticadas que miraban a La Rambla se puede seguir en las propuestas que desde Antoni Ricardos o J. Argelich, a finales del siglo XVII y en 1822 respectivamente, estaban presentes en los círculos interesados en renovar la ciudad. En 1842, el arquitecto Oriol Mestres hace una propuesta de plaza porticada, también conectada con La Rambla, aprovechando la participación en un concurso convocado por el Ayuntamiento de la ciudad para la construcción de un edificio teatral. El propio Mas i Vila propone una plaza porticada en el terreno del convento de los capuchinos, con salida a La Rambla, la calle Escudellers y la calle Vidre. Y mientras esto pasaba se iba construyendo la plaza Sant Josep, y también la Plaça Reial… Pero la plaza que nos interesa no tuvo demasiada suerte, posiblemente porque existía una grave discordancia entre forma y uso tradicional del espacio urbano ya desde su inicio. Una cosa es la monumentalidad representativa neoclásica y otra muy distinta la necesidad, cada vez mayor debido al espectacular crecimiento del barrio del Raval, de la presencia de un mercado con puestos fijos.

Imágen histórica del mercado del Born.

AHCB-AF Dominguez  

De modo que las críticas de los afectados respecto a la inutilidad del modelo escogido ya las encontramos en 1850, cuando, en cambio, la Plaça Reial empieza a funcionar sin trabas. Es en 1865 cuando el Ayuntamiento decide actuar y se encarga de cubrir la plaza, una operación muy difícil arquitectónicamente y que, seguramente, se hubiera podido resolver mejor. Miquel de Berge se limita a levantar unas naves construidas con estructura metálica, con unas jácenas en celosía con forma de arco rebajado, una imagen que los barceloneses ya habían visto en las estaciones de tren del Nord y de França. La actuación de 1865 se hizo sin ninguna delicadeza respecto a su ilustre arquitectura preexistente. Sin ningún miramiento se tapiaron los intercolumnios jónicos y se resolvieron de cualquier modo los encuentros entre las arquitecturas que todavía hoy observamos como vecinas enfadadas.

proyecto para la construcción de una plaza sobre el solar del antiguo convento de los Capuchinos (finalmente, el convento sería reconstruido).

 

Es en los años que nos ocupan cuando los mercados públicos cubiertos empiezan a edificarse en las ciudades de Europa y es el arquitecto Baltard quien se encarga, entre 1844 y 1853, de redactar los proyectos para los Halles Centrales de París. Se trataba de un conjunto de pabellones erigidos con una estructura metálica y dotados de una jerarquía volumétrica manifestada en el cuidado con el que se resuelve la sección. No era nada nuevo, pues ya el libro de J. N. L. Durand Précis des leçons d'architecture, publicado en 1819, se pueden observar sistemas compositivos parecidos. Pero eso no es lo que ahora nos interesa. De lo que se trata es de entender que la propuesta de Baltard traspasaba los esquemas compositivos propios de la arquitectura académica Beaux Arts del siglo diecinueve francés, destinada a erigir la grandeur francesa, a un nuevo programa urbano, el mercado y, además, lo hacía con materiales nuevos. Palabras viejas se destinaban a programas nuevos y se resolvían en clave monumental.

Vista interior del mercat de Sant Antoni l¹any 1932.

AHCB-AF Dominguez  

El mercado, por tanto, pasó a ser un edificio de la nueva monumentalidad de la ciudad industrial. Y, aquí, en Barcelona, también lo aprendimos. El mercado de Sant Antoni, el del Born, los de Sarrià y Hostafrancs, el de la Concepció y un largo etcétera que todos conocemos se nos han quedado en la memoria visual de la ciudad como edificios públicos con imagen propia.
No ha pasado así con el mercado de la Boqueria, que parecía llamado a otro destino. Ni la arquitectura de hierro sobresale por ningún aspecto importante, ni la monumentalidad clasicista tiene la oportunidad de manifestarse. Es, pese a todo, el más visitado y el más citado. La vida le ha ganado la partida a la arquitectura. Quizás por eso nuestros diseñadores urbanos, tan interesados en recordarnos que tenemos que vivir en ordenes impuestos, siempre han intentado borrar el mercado del mapa. Lo intentó Cerdà, y después Baixeres lo dibujó con detalle en 1888 con su Gran Via. Insistió Falqués en 1907, y, por último, Vilaseca en 1930 intentó recuperar la plaza monumental desplazando el mercado.

Pese a todo, la Boqueria resiste. Las personas a quienes nos gustan las arquitecturas híbridas, en las que se observa fácilmente el paso del tiempo y la presencia de la vida, esperamos que resista muchos años.