Texto: Francesc Fontbona
Reial Academia de Belles Arts de Sant Jordi
Antoni Gaudí forma parte -y parte principal- de una de las épocas más brillantes de la historia del arte occidental de todos los tiempos. Su juventud transcurre paralela al desarrollo del impresionismo en Francia, la corriente que revolucionó la pintura moderna.

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  El vanguardismo de un tradicionalista
   volver al sumario / b.mm n. 58 2002
   

 

Y ese inconcreto -aunque muy sólido- movimiento cultural que recibía el nombre de simbolismo, muy extendido por todo el mundo occidental, también producía la mayoría de sus mejores realizaciones artísticas durante la juventud y plenitud de Gaudí: desde La aparición, de Gustave Moreau (1874-76) y Salomé, de Gustav Klimt (1909), hasta La isla de los muertos, de Arnold Boecklin (1880) o El pescador pobre, de Puvis de Chavannes (1881).

Cuando Gaudí inicia la construcción de la casa conocida como "El Capricho" en Comillas o la Casa Vicens en Barcelona (1883), las primeras grandes obras del arquitecto, ya de una originalidad sorprendente, Brahms estrena su Tercera sinfonía en Viena y Whistler pinta el famoso retrato de su madre de perfil. El inicio del Colegio de las Teresianas de Barcelona (1888), de Gaudí, coincide con la realización del grupo escultórico de Rodin Los burgueses de Calais y de la gran pintura de Ensor Entrada de Cristo en Bruselas. La gran mayoría de obras maestras de Van Gogh, que sólo era unos meses más joven que Gaudí pero que falleció cuando éste todavía no había realizado algunas de sus mejores obras, se concentran precisamente entre 1887 y 1890, período en el que el arquitecto construía el Palau Güell de Barcelona (1886-89), el Palacio Episcopal de Astorga (1887-93) y el citado colegio barcelonés (1888-90). Durante esos mismos años Gauguin y Cézanne se encontraban en una de sus mejores épocas creativas, dando vida a lo que vagamente se conocería después como postimpresionismo.

Si avanzamos en el tiempo, El grito de Edvard Munch es rigurosamente coetáneo del inicio de la fachada del Nacimiento de la Sagrada Família. Las primeras proyecciones cinematográficas de los hermanos Lumière son de un poco más tarde, de 1895, y, mientras Giacomo Puccini estrenaba La bohème y Antonin Dvorak la Sinfonía del Nuevo Mundo (1896), Gaudí, además de continuar la obra de este templo, construía los Cellers Güell de El Garraf. En 1898, cuando el arquitecto catalán empezaba la Casa Calvet de Barcelona, Auguste Rodin esculpía su Balzac y Georges Minne construía la impresionante fuente de los adolescentes arrodillados.

Con el nuevo siglo, Gaudí realizó sus obras más originales: los inicios del Parc Güell (1901-04) son paralelos al triunfo popular del art nouveau después de la gran Exposición Universal de París de 1900 y a la emblemática escultura Mediterráneo (1902), de Arístides Maillol. Cuando los fauves se hacían notar en el Salon d'Automne de París de 1905, Gaudí estaba construyendo la Casa Batlló de Barcelona (1904-06). La Pedrera (1906-10), en cambio, es coetánea de la estructuración del nuevo expresionismo alemán a partir del grupo Die Brücke (fundado en 1905) y de la época fundacional y más interesante del cubismo. Más tarde, la cripta de la Colònia Güell, construida entre 1908 y 1915, coexiste en el tiempo con la eclosión del futurismo italiano (1909), la invención oficial de la pintura abstracta (Kandinskij, 1910) con todas sus derivaciones y los inicios del dadaísmo (1915).

A partir de este momento, Gaudí ya se concentra al cien por cien en su obra magna, la Sagrada Família, a la que se dedica desde muy joven, lo que significa que desde los años 1915-16 hasta su muerte, en 1926, prácticamente todos sus esfuerzos creativos se concentran en esta obra. Esta etapa coincide internacionalmente con la formación del grupo surrealista, cuyo manifiesto aparece en 1924.

Si nos circunscribimos a la arquitectura, campo en el que Gaudí fue protagonista internacional sin saberlo y sin que fuera de Cataluña nadie fuera tampoco muy consciente de ello, todos esos años fueron los de las grandes realizaciones de ingeniería en hierro (viaducto de Garabit, de Eiffel, 1880-84; puente de Edimburgo, de Fowler & Baker, 1881-87); del pragmatismo de Sullivan, compatible, no obstante, con el decorativismo después denominado art nouveau (Auditorium de Chicago, 1886-89); de los primeros rascacielos norteamericanos (Reliance de Chicago, de Burnham & Root, 1890-94), y de los primeros edificios en hormigón (iglesia de St. Jean de Montmartre, de Anatole de Baudot, 1894-97). Los grandes arquitectos renovadores europeos Otto Wagner -once años mayor que Gaudí-, Domènech i Montaner, Berlage, Horta, Guimard y Perret vivieron su gran época en ese fin de siglo en el que el arquitecto catalán se manifestaba también como un artista extraordinario. Y después, ya entrado el siglo XX, la obra de Gaudí coexiste en el tiempo con parte de la de Wright, Hoffmann y Loos, e incluso con la de Gropius o Mies van der Rohe.

Así pues, son abundantes las grandes creaciones artísticas que se producen en el mundo cuando Gaudí se encuentra en plena actividad en Cataluña realizando, también, arquitectura de ámbito mundial. Lo cierto es que son muchas más de las que acabo de citar, ya que he dado tan sólo una selección de las que más pueden sonar al gran público, a fin de que los árboles no nos oculten el bosque. El hecho es que Gaudí convivió con la riquísima época de fin de siglo, que, sin duda, será considerada, cuando exista suficiente perspectiva histórica, como un período de una aportación cultural de categoría semejante a la que tuvo en otra época el Renacimiento, y que también convivió muchos años, de plena fecundidad y capacidad de innovación por su parte, con lo más espectacular que se dio en el arte europeo de principios del siglo XX: las llamadas vanguardias.

Una personalidad que rompía esquemas
El nombre de Gaudí no suele identificarse con el de estas vanguardias, ya que siempre pensamos en él como el viejo misántropo que iba de procesión con un cirio en la mano, tal como aparece en su foto más divulgada; evidentemente, un hombre con esta imagen se sitúa en las antípodas del juego transgresor de la vanguardia. No obstante, Gaudí era una personalidad compleja que rompía muchos esquemas, y algunos de los principales vanguardistas, ajenos a sus posturas particulares, sí se fijaron en su obra y quedaron tan profundamente impresionados por ella que trataron de difundirla e incluso de asimilarla a sus movimientos organizados.

Guillaume Apollinaire, el poeta, teórico de las primeras vanguardias y crítico de arte, que subestimó a Gaudí cuando éste se presentó en el Salon de la Societé Nationale de París en 1910, sin duda porque aquel salón era un marco menospreciable para un buen vanguardista, acabó por darse cuenta de la magnitud del arquitecto cuatro años más tarde, sobre todo gracias a La Pedrera, y entonces reclamó infructuosamente que el Salon d'Automne expusiera obra suya del mismo modo que tenía la intención de exponer obra de Adolf Loos.

Otro de los santos padres del vanguardismo, el poeta y teórico André Breton, también se fijó en la obra de Gaudí, especialmente en la Sagrada Família, de la que manifestaba que no le disgustaba si olvidaba que era una iglesia. Esto Breton lo decía en 1922, con motivo de una conferencia que dio con motivo de la exposición de Francis Picabia en las Galeries Dalmau de Barcelona, y debía de interesarle mucho la obra gaudiniana porque entonces el templo era aún muy poca cosa, como una ruina truncada, sin ni uno solo de los que serían sus característicos campanarios acabado.

Unos años más tarde, otro poeta y teórico del arte, Paul Eluard, uno de los definidores del surrealismo, incitó, juntamente con el propio André Breton, al fotógrafo Man Ray a ir a Barcelona precisamente para fotografiar diversas obras de Gaudí. De aquel viaje, que tuvo lugar en septiembre de 1933, apareció un artículo en la revista parisina Minotaure escrito por Salvador Dalí, "De la beauté terrifiante et comestible de l'architecture Modern style", con las fotos realizadas por Man Ray de La Pedrera, del Parc Güell y también de una obra no gaudiniana, La Rotonda de Adolf Ruiz Casamitjana.

Gaudí, que ya había muerto, fue exaltado allí como un verdadero correligionario y, posteriormente, el propio Eluard declaraba abiertamente en una conferencia en el Ateneu Enciclopèdic de Barcelona en enero de 1936 que La Pedrera era una obra "de un surrealismo integral".

Después, la Guerra Civil y la Segunda Guerra Mundial hicieron olvidar aquellas vinculaciones del arte de Gaudí con la vanguardia; pero lo cierto es que él en vida ya estaba vitalmente muy alejado de los círculos que promovían esta corriente, y seguro que nunca hubiera querido formar parte de ellos. El arte de vanguardia no era sólo un producto artístico determinado, era el fruto -y no siempre lo suficientemente consistente- de una determinada actitud estética y moral. Los vanguardistas no trascendentalizaban sus obras, sino la postura del artista que las creaba. Ser de vanguardia era como pertenecer a una especie de selecto núcleo de elegidos con unos ideales artísticos especiales. Los vanguardistas, sobre todo desde el futurismo, elaboraban manifiestos que acababan convirtiéndose en la definición de ortodoxias alternativas. A Gaudí le importaba mucho más la obra que cualquier presupuesto que la condicionara y, sobre todo, a Gaudí le habrían dejado indiferente -y seguramente incluso escandalizado- todas las nuevas ortodoxias intelectuales, porque él estaba sólidamente aferrado a la ortodoxia más fuerte de nuestra civilización, la de la religión católica.

Por eso, aunque Gaudí hiciera obras de una anticonvencionalidad magnífica, formalmente identificables con el surrealismo y seguramente hijas de un impulso mental tan rico como el que generaba las mejores producciones de la vanguardia, nunca hubiera entrado personalmente en el círculo vanguardista. En primer lugar, por individualismo -lo habría encontrado innecesario-, pero también por total incompatibilidad ideológica -su mundo era totalmente distinto-. Incompatibilidad de fondo, no de forma. Asimismo, Gaudí estaba culturalmente alejado de las vanguardias instituidas, como lo estaba de cualquiera de las tendencias europeas del siglo XIX que antes he citado para establecer comparaciones cronológicas con su obra. Gaudí era un producto genuino de la Renaixença catalana, hijo de un romanticismo que había vuelto a poner sobre la mesa la personalidad nacional de las comunidades históricas particulares, como era el caso de Cataluña.

El modernismo como actitud
De acuerdo con la ley del péndulo que suele regir el desarrollo de la historia, después de una época uniformista, la neoclásica, se había impuesto una época particularista, la romántica. Con el neoclasicismo o, mejor dicho, con la cultura dominada por la Academia, se había tendido a unificar desde arriba el arte de todos los países de Europa y de la América de su influencia, no sin un fondo de buena voluntad utilitarista, pero con resultados despersonalizadores. Luego, sin embargo, el romanticismo había corregido aquella despersonalización estética intencionadamente supranacional para abrir la puerta a la expresión de la riqueza natural de cada comunidad humana. El catalanismo emergente no era más que la versión de esta dinámica en Cataluña, y Gaudí se formó en este contexto y se convirtió en un catalanista convencido.

Los catalanistas de la Renaixença sólo estaban preocupados por la revigorización de sus características nacionales, pero a medida que se acercaba el fin del siglo, a los catalanistas del mundo intelectual y artístico, los miembros de una nueva generación de hijos de la Renaixença, les preocupaba cada vez más compaginar esta revitalización con la modernidad. No bastaba con practicar la catalanidad: era necesario que ésta fuera moderna, y la combinación de ambos factores, propia de la generación de los quince últimos años del siglo XIX en Cataluña, dio lugar al movimiento que se conoció como modernismo, que, como siempre digo, no fue un estilo sino una actitud.

Se ha discutido mucho sobre si Gaudí era o no era un modernista. Para empezar, el concepto nunca ha quedado del todo claro: para los primeros que se proclamaron modernistas quiere decir una cosa y otra para los que veían el fenómeno desde fuera; además, como la palabra hizo fortuna, pronto fue el hombre de a pie quien la utilizó con más insistencia, y en este caso su significado ya era diferente de los otros dos, hasta el punto de que los propios creadores del concepto al final abjuraron de él, pues ya no se reconocían bajo aquella etiqueta vulgarizada.

No obstante, con todas las confusiones que se quiera, el modernismo es una realidad muy consistente en la Cataluña de finales del siglo XIX y principios del XX, y, se quiera o no, indica una ebullición cultural muy intensa, vinculada directa o indirectamente con el catalanismo, que se traducía en realizaciones espectaculares, radicalmente diferentes de las artes convencionales. En este sentido, Gaudí no sólo sería clasificable como modernista, sino que, sin duda, sería el nombre más relevante del modernismo catalán. Pese a que siempre hizo la guerra por su cuenta y que es conocida, por ejemplo, su aversión a Els Quatre Gats, donde parece que sólo puso los pies una vez, Gaudí era lo bastante solidario con el modernismo para contribuir económicamente, en 1894, a la suscripción promovida para adquirir una obra de Darío de Regoyos, destinada al museo de Barcelona, que las instancias oficiales se negaban a adquirir. Y, por otro lado, aquel católico y catalanista que era Gaudí fue quien abrió al republicano sensual Hermen Anglada-Camarasa las puertas de Mallorca, la isla en que éste desarrollaría brillantemente toda su carrera pictórica madura.

De hecho, Antoni Gaudí es el primer nombre que se le ocurre a cualquier profano, al hombre de a pie, cuando piensa en el modernismo. Y, por tanto, es aquí donde puede ser mejor comprendido, pese a mantenerse fiel a una ortodoxia religiosa total, aquel catalanista radical, creador individualista e inclasificable, capaz de inventar formas y estructuras geniales e inquietantes que querían hacer suyas los vanguardistas más iconoclastas: en el denso caldo de cultivo, variado e inquieto, del extraordinario esplendor cultural catalán de fin de siglo que convencionalmente conocemos con el nombre de modernismo.

No es necesario, por tanto, que separemos el nombre de Gaudí de su contexto catalán a fin de insertarlo mejor en el arte europeo de su tiempo, ya que el propio modernismo catalán al que Gaudí pertenece es ya, en sí mismo, un elemento muy substancial del mejor arte europeo innovador de fin de siglo.

 
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