Ajuntament de Barcelona
Institut de Cultura de Barcelona
Plan Estratégico de Cultura 2006
Nous Accents de Cultura 2006

El tránsito entre los siglos XX y XXI ha puesto de manifiesto la importancia y la trascendencia de la cultura como factor de desarrollo. Esta constatación ha provocado un crecimiento importante de los recursos públicos destinados a la cultura y, al mismo tiempo, ha fomentado una mayor centralidad de las políticas culturales en el conjunto de las políticas públicas. La cultura, considerada a menudo como un complemento más o menos decorativo en relación con el resto de los dominios de intervención pública, ha pasado a ser un factor clave para el desarrollo de las ciudades. Muchas metrópolis europeas se han encarado a las dificultades del eclipse de la sociedad industrial apostando por la cultura para hacer frente los retos de futuro.

Barcelona ha sido un referente internacional de esta estrategia durante los últimos años. Proyectos como el 22@, que apuesta por las industrias creativas, o la celebración de acontecimientos, como el año internacional Gaudí 2002, en favor del turismo cultural, o la articulación de la renovada red de bibliotecas para garantizar la igualdad en el acceso al conocimiento de todos los barrios de la ciudad, o la inversión continuada en la red de equipamientos culturales, manteniendo al mismo tiempo una oferta cultural de calidad, son algunos ejemplos de una intervención sostenida que ha buscado potenciar los efectos positivos de la cultura en el crecimiento económico y la cohesión social en la ciudad.

La visión del nuevo Plan apela a la dimensión cultural del desarrollo. Parte de la constatación de que el desarrollo de un territorio no sólo lo conforman el crecimiento económico, una justa distribución de la riqueza y la sostenibilidad ambiental, sino que también se sostiene en el desarrollo cultural. La importancia de esta constatación reside en la consideración de la cultura no como un instrumento, sino como una dimensión del desarrollo. De la cuidadosa combinación de estas cuatro dimensiones —riqueza, equidad, sostenibilidad y cultura—, se deriva el grado de desarrollo de una sociedad determinada.

La idea de desarrollo se identifica, primero, con la capacidad de aumentar la riqueza de una sociedad; inmediatamente se añade a ello la necesidad de que el desarrollo económico tienda a una justa distribución entre todas las capas sociales, y, a finales del siglo XX, la atención hacia fenómenos tan importantes como en agujero en la capa de ozono o el calentamiento del planeta obligan a incorporar los criterios de sostenibilidad en la concepción del desarrollo. A principios del siglo XXI, en un mundo que se explica especialmente desde paradigmas culturales, la concepción del desarrollo tiene que incorporar la dimensión cultural.

Pero este ejercicio encuentra ciertas dificultades, ya que es difícil definir los parámetros para la medición del desarrollo cultural. Del mismo modo que el PIB se convierte en el indicador por excelencia del crecimiento económico de una sociedad, y el IDH (indicador del desarrollo humano) promovido por el PNUD, se ha convertido en uno de los indicadores más fiables para analizar la desigualdad, tendríamos que preguntarnos qué indicadores miden el desarrollo cultural de una sociedad. Es una cuestión difícil de resolver con la misma precisión que en el resto de las dimensiones del desarrollo, pero esta dificultad metodológica no puede anular los valores intrínsecos de la cultura en relación con el crecimiento de una sociedad determinada.

El desarrollo cultural exige tener en cuenta, al menos, cinco dimensiones: la libertad de los individuos y las comunidades para expresarse —la libertad cultural en una ciudad diversa—; las oportunidades de los creadores para desarrollar todas sus potencialidades y proyectarlas —la ciudad creativa—; la riqueza y la variedad de agentes y actores culturales en un equilibrio entre mercado cultural y espacio institucionalizado por la cultura —un ecosistema cultural denso y productivo—; la preservación de la memoria a través del patrimonio acumulado —la ciudad en el tiempo—, y finalmente, la preservación del espacio público como lugar de encuentro, diálogo e intercambio —la ciudad es espacio público—.

Es difícil establecer indicadores fiables y precisos sobre estos vectores, pero, en cambio, es posible impulsar políticas e iniciativas que incentiven la mejora en estas direcciones. Para ir acotando el marco de acción, consideramos la articulación del sistema cultural urbano en tres estratos. El primero, el más amplio y poco sistematizado, lo denominamos el de la proximidad. Es el estrato de las interrelaciones culturales de los ciudadanos, en el que se sitúan las prácticas y los consumos culturales, y en el que se ubica la participación activa en la vida cultural de la ciudad. Es la esfera de los ciudadanos y sus múltiples relaciones y negociaciones culturales. El segundo —en cierto modo, un subgrupo del primero—, lo configura el sistema de producción cultural, lo que denominamos sector de la cultura: empresas, instituciones públicas, asociaciones profesionales, medios especializados, críticos, etc.; todos ellos responsables de las diferentes funciones y los distintos papeles necesarios para la producción de servicios y productos culturales. Finalmente, señalamos un tercer estrato, que se deriva de los dos primeros y que correspondería a la calidad o la excelencia. Es el estrato ocupado por producciones o proyectos que son excelentes, que destacan de una manera incontestable por su calidad y su capacidad simbólica. Cualquier sistema cultural aspira a extender este nivel.

Hay que destacar que cualquier intervención en uno de los tres ámbitos afecta a los demás: más cultura en los barrios tiene que facilitar la emergencia de nuevos públicos, que alimentarán el sistema de producción y que, al mismo tiempo, son el vivero para nuevos creadores. Articular el nivel intermedio —básicamente lo que se ha hecho durante más de 20 años de democracia—, tiene que facilitar la excelencia y, al mismo tiempo, ir ampliando la base sobre la que apoyarse. Sin embargo, las políticas culturales desarrolladas en Barcelona en los últimos 25 años (y el Plan estratégico de 1999 es la muestra más significativa de ello) han puesto el acento —en un contexto y en unas condiciones que seguramente así lo determinaban— en actuaciones para favorecer y consolidar el sistema de producción cultural de la ciudad (equipamientos públicos, ayudas y subvenciones a los agentes culturales, generación de plataformas de difusión estables, etc.).
La nueva realidad y los retos del futuro, detectados en el diagnóstico y en los debates realizados en las mesas de articulación del Plan, han llevado a la conclusión de que conviene priorizar el binomio PROXIMIDAD-EXCELENCIA, en un contexto de diversidad cultural y de complejidad creciente en las dinámicas culturales de la ciudad.

Esta doble propuesta tiene que servir, también, para mejorar el sistema de producción y difusión de la cultura, pero, por ahora, los retos culturales se mueven en los límites: por un lado, en la capacidad de generar condiciones para la convivencia en un entorno cada vez más diverso; y por otro, en la capacidad de ser excelente, de dedicar todas las capacidades y energías disponibles a facilitar condiciones para la calidad de las producciones y los proyectos culturales.


A continuación se describen las tres líneas de trabajo que propone el nuevo Plan:

1. Una apuesta por la proximidad

Proximidad apela a tres consideraciones. Por un lado, responde a un eje territorial, de desarrollo de la acción cultural en los barios, en los territorios de la proximidad. Por otro lado, hace referencia a un eje social, en el sentido de aproximar a unos ciudadanos cada vez más diferentes. Finalmente, proximidad tiene que ver con la consecución de un sistema cultural más cercano y orientado a los ciudadanos, o sea, que también responde a un eje cultural.
Articular programas culturales de proximidad tiene que servir, básicamente, para cumplir tres objetivos:

Fomentar entornos urbanos favorecedores de la interacción entre ciudadanos para garantizar la convivencia.

Fomentar la igualdad de acceso a los bienes y contenidos culturales.

Garantizar las oportunidades para que cualquier ciudadano pueda desarrollar sus capacidades expresivas.

Incentivar el uso de las tecnologías de la información y la comunicación en los distintos sectores de la cultura.

Apostar por el despliegue de estos tres objetivos implica reforzar y articular la red de programas y equipamientos extendidos en los diferentes barrios de la ciudad, aumentando la densidad de iniciativas culturales por todo el territorio urbano.


2. Calidad y excelencia en la producción cultural en la ciudad

Una política cultural excelente es aquella que pone la cultura al alcance de todos. Pero, al mismo tiempo, una política cultural para la excelencia también quiere decir una política cultural capaz de crear las condiciones para que sea posible alcanzar la máxima calidad en las producciones culturales. Ser excelente quiere decir sobresalir respecto a los puntos fuertes y las carencias de un contexto, llegar a destacar mediante el talento y la disciplina, la creatividad y el ingenio, y también la visión y la determinación.

Si fuera posible encontrar el indicador que midiera con precisión el desarrollo cultural de una ciudad, tendría que incorporar, entre otros muchos vectores, la capacidad de ser excelente, de situarse por encima de la media en algunas disciplinas. Para una ciudad como Barcelona que, en cierto modo, tiene que dar por terminada una fase de normalización, en la que se ha dotado de las infraestructuras, los recursos y los agentes culturales necesarios, uno de sus principales retos debe ser la calidad en todas sus dimensiones, La calidad o la excelencia hay que buscarlas en varios ámbitos de la vida cultural de la ciudad, con dos grandes objetivos:

Mejora de las condiciones para que los creadores dispongan de los medios necesarios para desplegar todo su potencial. En este terreno hay mucho camino por recorrer, poniendo el énfasis en los espacios y dispositivos dedicados a la producción, así como en el aumento de sus recursos y posibilidades.

Mejora continuada de las programaciones de todos y cada uno de los equipamientos y programas públicos de la ciudad, actualizando el sentido de sus actuaciones en función de las características del contexto actual y la mejora progresiva de la calidad. Esta constatación implica la necesidad de iniciar acciones de investigación que exploren territorios diferentes para la acción cultural. A menudo, las instituciones culturales, situadas en un activismo hiperactivo, no dedican el tiempo y la energía suficientes a la inversión de futuro, indispensable para mejorar su posición en relación con la calidad o la excelencia.


3. Un ecosistema cultural más conectado

Barcelona se ha caracterizado estos últimos años por una explosión de agentes culturales de una enorme diversidad. Equipamientos e instituciones públicos conviven con industrias culturales de todo tipo; una convivencia que no sólo implica compartir espacio, sino que a menudo provoca interacciones y complementariedades difíciles de encontrar en otros entornos urbanos mucho más compartimentados.

La metodología de la planificación estratégica expresa la voluntad de continuar dibujando horizontes compartidos, en los que la densidad del ecosistema es la mejor garantía para el desarrollo cultural de la ciudad. Es necesario, por lo tanto, seguir apostando por un modelo en el que conviven tipologías de agentes culturales muy diferentes y en el que las funciones se complementan en un diálogo fértil y creativo.

El elemento en el que hay que poner el acento es el de la conectividad. Un sistema cultural que cada vez es más abierto y con interacciones más complejas exige que los agentes culturales mejoren su capacidad de conexión a diferentes escalas. Esto es válido para las industrias y su capacidad de expandirse a otros territorios a través de colaboraciones y alianzas estratégicas; es válido para los colectivos artísticos y la posibilidad de ampliar sus circuitos de difusión a escala catalana, española, europea e internacional, y es válido para las instituciones culturales públicas, que cada vez necesitan más socios para seguir ampliando su capacidad de producción cultural. La apuesta por aumentar la conectividad del sistema cultural barcelonés es clave.

Cuando hablamos de conectividad hablamos de las dinámicas de conexión de los diferentes agentes culturales entre sí y a las diferentes escalas territoriales. Barcelona tiene que promover una política cultural que genere sistemas de colaboración y trabajo conjuntos entre los agentes y los equipamientos de diferentes escalas y sectores. En la ciudad convergen un gran número de creadores, colectivos, asociaciones, grupos de investigación, equipamientos públicos y privados, espacios de producción independiente, programas educativos, estudios, festivales internacionales y publicaciones especializadas de todo tipo. Las dinámicas de conectividad tienen que servir para incentivar, mantener, reforzar y consolidar las redes existentes en torno a la gran cantidad de agentes en los sectores culturales de la ciudad, así como para crear otras nuevas.

La conectividad, además, tiene que facilitar el trabajo a escala local, metropolitana, nacional, estatal e internacional. En este sentido, la conectividad debería tener lugar a las diferentes escalas del territorio, en el ámbito local entre todas las entidades locales y en el ámbito internacional a través de las redes culturales internacionales. Así pues, hay que articular una red local distribuida por el territorio que al mismo tiempo se vincule de forma clara con redes internacionales ya existentes.

Por lo tanto, conectividad apela a tres objetivos:

Aumentar la conectividad en las diferentes escalas territoriales, en los ámbitos metropolitano, catalán y estatal.

Garantizar las condiciones para la proyección internacional, favoreciendo políticas de coproducción e intercambio.

Incentivar el uso de las tecnologías de la información y la comunicación en los diferentes sectores de la cultura.