“Monsieur Ingres, c’est moi!”

La verificación plástica de los postulados primitivizantes sobre el propio rostro llevada a cabo entre 1906 y 1907 reaparece durante el periodo 1917-1921 basándose en unas propuestas neoclasicistas que ya se venían manifestando en la obra picassiana. Cabe leer el «retorno al orden»” que supone la recuperación de modelos estéticos clásicos durante la segunda década del siglo XX también en clave picassiana, como un retorno al dibujo como técnica genésica. Los autorretratos al óleo son una excepción ante la rotunda reivindicación del dibujo, a menudo adoptando modelos ingresianos. Ernest Ansermet afirmó haber visto a Picasso saludándose a sí mismo ante un espejo y exclamando: «Monsieur Ingres, c’est moi!». En los años cincuenta, cuando le preguntaron sobre su último autorretrato contestó que lo había realizado en 1918, «el día que murió Apollinaire», lo que simbolizaría que pasaba página de una época de su vida. Esta respuesta con trasfondo íntimo sería desmentida por su producción posterior, pero escondía un poso de verdad por cuanto transcurriría mucho tiempo hasta que Picasso volviera a producir un conjunto tan significativo de autorretratos.