Japonismo

A mediados del siglo xix, el arte japonés empezó a llegar a Occidente y no tardó en introducirse en las capitales europeas, donde influiría en numerosos artistas de finales de siglo, como Whistler, Manet, Monet, Van Gogh, Toulouse-Lautrec o Gauguin. La publicación, en 1874, del artículo Japonisme de Philippe Burty dio nombre a este fenómeno artístico y cultural que, procedente de París, adquirió especial relevancia en Barcelona a partir de la década de 1880.

Cuando en 1895 Picasso llegó por primera vez a Barcelona, pocos días antes de cumplir catorce años, descubrió una ciudad donde el japonismo había arraigado y tenía cautivada a una gran parte de sus círculos artísticos, ya fueran bohemios o burgueses. Las tiendas especializadas en arte oriental, como El Mikado (1885), y el museo de objetos japoneses abierto en el paseo de Gracia (1880) coexistían a finales de siglo con coleccionistas privados, artistas y literatos, que otorgaban al arte japonés en general, y a las estampas xilográficas en particular, un papel destacado en el seno de la renovación artística adyacente al Modernismo.

En el ambiente en el que Picasso se desenvolvía en Barcelona, el japonismo se manifestó sobre todo en el café-restaurante Quatre Gats, frecuentado por artistas a los que atraían claramente las estampas japonesas, como Santiago Rusiñol e Isidre Nonell. Algunas obras de finales de siglo del propio Picasso dejan entrever, probablemente por osmosis artística, ciertos rastros del japonismo imperante en la época.

Leer Japonismo en el entorno del joven Picasso, texto del catálogo (PDF)

Sadayakko

La actriz Sadayakko fascinó a Occidente, donde se convirtió en un símbolo de la mujer japonesa. Formada como geisha y casada con un joven y popular actor de teatro, Kawakami Otojirô, hizo su aparición en los teatros de Europa en el año 1900. La compañía de Kawakami Otojirô, con Sadayakko como cabeza de cartel, debutó en París durante la Exposición Universal de 1900 con un programa teatral que incluía también las representaciones de la famosa danza serpentina de Loïe Fuller. El éxito fue absoluto y, el año siguiente, Sadayakko reapareció con una nueva gira que pasó por París en otoño de 1901, y por Barcelona el mes de mayo de 1902. Sadayakko y Picasso coincidieron en espacio y tiempo en las tres ocasiones.

Tentacles

Eros y Tánatos. Éste fue el imaginario ambivalente de seres tentaculares que se forjó en la Europa de la segunda mitad del siglo xix. Al mito de los pulpos gigantes asesinos, creado por Victor Hugo en la novela Les travailleurs de la mer (1866), se sumó, gracias al fenómeno del japonismo, la extraordinaria difusión que tuvo en la Europa finisecular una estampa sorprendente, obra de Katsushika Hokusai: una escena erótica entre un gran pulpo y una buceadora procedente del álbum Kinoe no komatsu (1814).

A partir de las descripciones y los comentarios de influyentes hombres de letras y críticos defensores del arte japonés, como Edmond de Goncourt, Philippe Burty, Joris-Karl Huysmans o Gustave Coquiot, a finales del siglo xix las escenas eróticas protagonizadas por una buceadora y un pulpo tuvieron una gran repercusión entre artistas y literatos. Esta iconografía erótica, basada siempre en la obra de Hokusai, dio pie a interpretaciones y versiones muy diversas según las corrientes artísticas de la época, como las que hicieron Rodin, Rops y Picasso.

Shunga

El ukiyo-e es un estilo pictórico y de estampación desarrollado durante el período Edo (1600-1867) que ilustra los placeres del mundo urbano: los actores de kabuki, las cortesanas de Yoshiwara, escenas de la vida cotidiana, paisajes y escenas eróticas (shunga), entre otros. Sin embargo, por las pinturas ukiyo-e se pagaban precios elevados; los grabados, en cambio, al producirse generalmente en cantidades considerables, eran más baratos y estaban al alcance del gran público. Inicialmente, la técnica de los grabados se limitaba a unas impresiones en blanco y negro, en ocasiones con la aplicación manual de algún color. En la segunda mitad del siglo xviii, los artesanos revolucionaron el género produciendo grabados en los que utilizaban varias planchas de color.

Aunque cabría pensar que se trata de un género menor, lo cierto es que los grabados eróticos, conocidos en la actualidad como shunga, siguieron justamente el camino contrario y se convirtieron en uno de los géneros más productivos y más difundidos de Japón, a pesar de la censura con la que tuvieron que convivir. Todos los artistas célebres hicieron shunga, desde Moronobu y Sukenobu hasta Utamaro, Hokusai y Kunisada.

Los grabados shunga se divulgaron con diversas tipologías y formatos. Las estampas y los libros eróticos eran utilizados tanto para la formación sexual como para uso privado. Precisamente, esta gran diversidad hizo que dentro del mismo género convivieran piezas de excepcional calidad, como son las obras maestras de finales del siglo xviii, con otros libros o con estampas sueltas, de gran difusión, que se producían sin otra finalidad que la meramente pornográfica y comercial.

Picasso – shunga

Las estampas shunga fueron coleccionadas por multitud de artistas, com Audrey Beardsley, Edgard Degas, Henri de Toulouse-Lautrec, Gustave Klimt, Auguste Rodin y Pablo Picasso.

Picasso coleccionó 61 estampas de grandes artistas japoneses. Muchas de ellas datan de la época dorada del ukiyo-e, es decir, de la segunda mitad del siglo xviii. Son obras de Nishikawa Sukenobu, Isoda Koryûsai, Torii Kiyonaga, Katsukawa Shunchô, Kitagawa Utamaro o Kikukawa Eizan, entre otros.

El inventario de los bienes de Picasso indica que una buena parte de estos grabados japoneses procedía de la sucesión del diplomático Philippe Berthelot, muerto en 1934. De todos modos, años antes Picasso ya tenía como mínimo un grabado japonés, tal y como atestiguan dos fotografías que hizo el propio artista a sus amigos Auguste Herbin y Marie Laurencin en el estudio del bulevar Clichy. Si se observa detenidamente la fotografía de Herbin se puede distinguir, apoyada en uno de los lienzos de pared del taller de Picasso, la estampa Hanahito de Kikukawa Eizan; por otra parte, las telas a medio pintar que aparecen en la imagen permiten afirmar que la fotografía se tomó en el año 1911.

Picasso no se desprendió nunca de ninguna de estas estampas japonesas. No es de extrañar, por lo tanto, que en algún momento se convirtieran en fuente de inspiración. Pese a que el artista rehuyó siempre toda manifestación de exotismo, durante los últimos años de su vida se dedicó a representar escenas sexuales con plena libertad, como un exorcismo de la muerte que acecha. Los dibujos y los grabados de esos años rivalizan en audacia con las estampas shunga, a la vez que establecen con ellas un diálogo compositivo y estilístico.

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