Un proyecto de Pedro G. Romero,
comisariado por el artista y Valentín Roma

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El Archivo F.X. opera en torno a las taxonomías y clasificandos que relacionan el lenguaje y lo real. La base para estas operaciones la constituye un vasto archivo de imágenes de la iconoclastia política antisacramental en España entre 1845 y 1945, las cuales se ordenan bajo un índice crítico de términos que provienen de las construcciones visuales del amplio campo del proyecto moderno. Desde finales de la década de los noventa, el Archivo F.X. trabaja en diversas direcciones, bien sea recopilando imágenes y documentos que muestran la importancia que el fenómeno alcanzó en el Estado español desde finales del siglo XIX hasta mediados del siglo XX; impulsando mediante seminarios y publicaciones la reflexión sobre este tema; o bien activando desde las prácticas artísticas, sociales y políticas la relevancia de la iconoclastia como elemento constitutivo de los comportamientos y las formas de nuestra comunidad.

En este sentido, en los últimos años, el Archivo F.X. ha abordado una serie de áreas de trabajo –la comunidad política, el orden económico, la violencia instituyente–, que se concretan en torno a la economía, un tema al que ya dedicó algunas tentativas anteriores –Silo, La comunidad inconfesable, Don Dinero, Wirtschaft / Ökonimie / Konjuntur– que ahora se suman a dicha línea discursiva. Como en otros proyectos, el Archivo F.X. parte del propio registro de la economía en las representaciones –imágenes, definiciones y leyendas– que almacena: rostros desfigurados, edificios devastados que muestran sus verdaderas estructuras, templos incautados para nuevos usos comunitarios, oro y plata, incluso papel dinero, todo ello entregado a las llamas, o sea, al desinterés absoluto de la destrucción.

A partir de aquí, de este grado cero de la economía, se han explorado herramientas concomitantes: el gasto cero que John Ruskin proponía para la relación de la obra de arte y las cosas del mundo; el valor cero que daba William Carlos Williams al trabajo performativo del arte, que no puede basarse en una alteración del valor de la mercancía; o las restas de Felipe Aláiz, quien escribió: “Un cuadro puede tener un valor en pesetas o en dólares. Esto es evidente porque el cuadro se vende. Si el cuadro se pignora por diez mil pesetas y es un paisaje, un huerto que solo vale dos mil en el mercado corriente, ¿qué podemos pensar del mercado de huertos y del mercado de cuadros?”.

En efecto, la economía se comprende como economía del arte entendida, no sólo en relación a las operaciones de compraventa y precio, la bolsa de valores artísticos que decía Silverio Lanza, también como el reparto, clasificación y taxonomía de las cosas del arte en el mundo, e incluso de economía en el sentido de contención o adecuada distribución de dones, recursos materiales o expresivos. Esta restricción del campo obedece a la constatación según la cual, y en contra de lo comprendido hasta ahora, la superestructura artística moderna ha sido, no resultado, sino vanguardia de las operaciones del capitalismo financiero, lugar privilegiado de su experimento y, posiblemente, laboratorio de su transformación. Esta doble articulación entre economía y estética, entre el poder y la gloria, nos remite al Giorgio Agamben que cuestiona el proceso moderno de secularización y que recupera la aplicación efectiva de la profanación, devolviendo a esta palabra su sentido original, aquella acción que retornaba las cosas a su uso común.