A pesar de que Picasso es el artista por excelencia del siglo XX, su formación académica se inició y concluyó durante el siglo XIX. Los años de residencia barcelonesa –entre 1895 y 1904– fueron decisivos, en la medida en que supusieron el final del período académico y el comienzo de su carrera artística.

Uno de los artistas más representativos y complejos de aquel tiempo era Santiago Rusiñol, pintor, literato, coleccionista, periodista y activista cultural. Su papel en la formación de Picasso presenta una doble vertiente: como artista propiamente dicho –del que Picasso copió y versionó diversas obras– y también como referente, y con frecuencia abanderado, de distintos discursos y temáticas. Rusiñol fue un personaje clave, vinculado a destacadas iniciativas culturales del cambio de siglo, así como un solvente transmisor en Barcelona de la modernidad artística europea.

Ambos artistas coincidieron físicamente en una encrucijada cronológica que era, a la vez, una encrucijada personal. Rusiñol era ya un artista reconocido que había dejado de ser un referente de vanguardia y Picasso, por el contrario, era todavía un artista incipiente a la búsqueda de estímulos y referentes. Este proceso picassiano focalizado en Rusiñol consiste en elegir un modelo y a continuación retratarlo, analizarlo, copiarlo y, finalmente, superarlo. A partir de esa mirada de Picasso personalizada en Rusiñol se puede inferir un discurso más amplio: la influencia del mundo artístico barcelonés sobre Picasso y la actitud ambivalente del pintor con respecto a este entorno, del que se acabará distanciando gradualmente a medida que se consolide su experiencia parisina.

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