Museu Picasso de Barcelona

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  • París-Barcelona (1888-1936)

    • Fecha Del 28 de febrero al 26 de mayo de 2002
    • La finalidad de la exposición es confrontar las relaciones artísticas que se establecieron entre París y Barcelona desde 1888 (fecha de la Exposición Universal de Barcelona) hasta 1937 (Exposición Internacional de París). El diálogo entre las dos ciudades o, más bien, el espejo en el que se convirtió la capital de Francia para los artistas e intelectuales catalanes constituye el eje central de su discurso. Se trata, por tanto, de una ocasión única de mostrar una importante representación del arte catalán de finales del siglo XIX y de la primera mitad del XX.

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      La exposición París-Barcelona se centra en los aspectos que incidieron con rotundidad en el desarrollo de las vanguardias catalanas, basándose en los modelos que proponía la capital mundial del arte y que fueron un sólido referente para la configuración de la cultura catalana más innovadora. La presentación -que gira, esencialmente, en torno a las artes plásticas y las artes decorativas, así como también a la arquitectura y la fotografía- despliega una visión de este periodo partiendo de los artistas que vivieron entre ambas culturas.

      El diálogo se inicia con el vis-à-vis entre las dos ciudades a través de la obra de los arquitectos modernistas catalanes y franceses, los cuales tomaron como punto de partida la mirada hacia Viollet-le-Duc. París es invadida por el desenfreno del Art Nouveau con la obra de Guimard. Barcelona, con Gaudí, Domènech y Montaner, Puig y Cadafalch, así como Busquets, vive la eclosión de la arquitectura y la decoración modernista que comportó la modernización de la ciudad.

      La figura de Rodin es el punto de partida de una escuela escultórica catalana en la que destacan Miquel Blay, Josep Llimona y Eusebi Arnau.

      Els Quatre Gats de Pere Romeu, cenáculo de la vanguardia catalana y ventana que abrió las puertas de la modernidad y de París al joven Picasso, nos remite a su fuente, Le Chat Noir, capitaneado por Rodolphe Salis, con quien Pere Romeu había trabajado y que contaba en Barcelona con la colaboración de Ramon Casas, Miguel Utrillo y Santiago Rusiñol. Estos artistas, intensamente vinculados a los ambientes bohemios montmartrianos, establecieron una estrecha relación entre ambas ciudades, hasta tal punto que la eneroación más joven -en la que se contaban por entonces un jovencísimo Picasso, Nonell o Pidelaserra- mantenía un sentimiento de anhelo por viajar a París que se refleja en sus obras con el anclaje en el mundo de Toulouse-Lautrec, de Manet y de Degas.

      Ceret se erige como el epicentro del arte del siglo XX al convertirse en el punto de encuentro en el que Picasso, Braque, Gris, Herbin y Manolo Hugué intercambian sus búsquedas cubistas. El estallido de la Primera Guerra Mundial convirtió a Barcelona en el centro de acogida y de encuentro de una parte importante de la vanguardia parisina. Picabia, Gleizes, Charchoune, Robert y Sonia Delaunay, encontraron en las Galerías Dalmau de Barcelona el espacio idóneo para desarrollar sus postulados. Al mismo tiempo, estas corrientes artísticas convivieron con el ideario noucentista, cercano, en sus planteamientos plásticos, al "retour à l'ordre", con la emblemática figura de Aristides Maillol, y con referencias que se mueven entre Cézanne y Puvis de Chavannes y que recogen las obras de Sunyer y Torres-García.

      La síntesis de las relaciones establecidas entre París y Barcelona culmina con dos de las figuras más relevantes del arte del siglo XX, Joan Miró y Salvador Dalí, que se vincularon a la corriente surrealista liderada por André Breton.

      La exposición se cierra con los años de la Guerra, con el emblemático Pabellón de la República, de José Luis Sert, construído para la Exposición Internacional de París del año 1937, y en el que se expusieron, entre otras obras, el Guernica de Picasso, El segador de Miró y La Montserrat de Julio González.

  • colección Planque: la novela de un coleccionista

    • Fecha Del 10 d'octubre de 2002 al 5 de enero de 2003
    • A principios de los años treinta, Jean Planque descubrió el arte de la pintura y, gracias a una serie de felices coincidencias, consiguió desarrollar su pasión por los cuadros trabajando en París como asesor de la galería Beyeler, de Basilea. Su curiosidad y su entusiasmo lo llevarían a conocer a los más grandes artistas de su siglo, en especial a Picasso, Giacometti y Dubuffet, que lo trataron como a uno de los suyos.

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      El carácter específico de esta colección no solamente se debe a que se compone de obras de algunos de los artistas más importantes del siglo pasado, sino sobre todo a que revela una rara coherencia entre las obras conservadas. Es el fruto de una mirada entusiasta hacia la pintura del siglo XX, una mirada preocupada por desvelar el secreto de un arte que, durante décadas, se esforzó por cambiar la manera habitual de ver, por romper los esquemas del buen gusto establecidos por la tradición. Jean Planque habló, en más de una ocasión, de la conmoción que para él supuso el descubrimiento de aquellos "garabatos infantiles" de Klee en el museo de Basilea, de cómo su encuentro con Picasso y las enseñanzas de Jean Dubuffet lo fueron convenciendo, poco a poco, de la necesidad de "desaprender" la pintura, es decir, de deshacerse de las ideas preconcebidas en torno a ella. Sus elecciones son las de un artista que se mide constantemente con sus maestros. De Cézanne a Picasso, de Degas a Bonnard, de Van Gogh a Rouault, de Auberjonois a Schüpfer, de Dubuffet a Kosta Alex, una única preocupación guiaba su mirada: evitar concesiones a la imaginería, a lo bonito, a lo vulgar; más bien al contrario, llevar a cabo una búsqueda continua y exclusiva de la eficacia, la profundidad y la solidez del lenguaje pictórico.