Ella bajaba del tren.
Él se abrochó la chaqueta que le venía corta.
Esperó a que cruzara los raíles, torpe, pisándose la falda larga.
No se miraron.
Se abrazaron.
No se cruzaron una palabra.
Ella sintió que no había mejores rincones de su casa que los pliegues de su piel cuando él los habitaba.

Ana Valdés Menor