Inmigración y cultura

Carles Navales

España acogía 610.000 inmigrantes en el año 1.996: ahora son 1.100.000. Prácticamente el doble en cinco años, y la previsión es que el aumento continuará por necesidades del mercado laboral. En Francia, Alemania o Bélgica la población extranjera ronda el 10%; aquí estamos en el 3%. Unos 400.000 provienen de África –140.000 en 1.996-, cerca del 0’50% del total de la población española. Del conjunto de los inmigrantes, 300.000 son musulmanes, mientras en Francia la cifra es de 3.000.000 de personas. Visto por ciudades es distinto, y más aún por barrios, en muchos de los cuales alcanzan y superan ya el 10%.

A la Europa del pluralismo cultural se le añade la particularidad étnica, que se suma a otras sensibilidades culturales existentes como son -en definición de Alain Touraine (1)- la femenina, la de masas americana, gay, comunitaria, local, sexo desocializado, gueto, mass-media, identitaria, etc. Como concluye Touraine en el artículo referido:

Simplemente pido que, primero, se rechace, ante todo, todas las formas de búsqueda de homogeneidad. Segundo, que se reconozca la pluralidad de las formas de cultura minoritaria. Tercero, que todo el mundo acepte la idea de que hay que combinar, de una manera u otra, la participación en un mundo internacionalizado prácticamente económico y tecnológico con la renovación o la creación de proyectos culturales específicos. Y finalmente, y es el punto más concreto, pero que ya supone haber resuelto los grandes problemas, creo que es muy probable que se mantenga una cierta dualidad de modelos entre los países, sean Estados Nación, grupos culturales o regiones, etc. Unos insistirán en la necesidad de mantener una definición de la ciudadanía como vínculo social sin contenido cultural, tipo revolución francesa o revolución americana. Otros, se inclinarán por el modelo que da mucha menos importancia al Estado, incluso en su forma más democrática, y que se define básicamente por la limitación del Estado y por la autonomía de las comunidades. Para hablar según el viejo vocabulario del siglo XVIII, hay una tendencia a John Locke y una tendencia a Jean-Jacques Rousseau, pero ambas se encontraban en la Constitución americana y en la Declaración francesa. Cuando se llega a este punto, el debate se hace bastante civilizado.

Y, acaba afirmando el sociólogo francés:

Creo, no obstante, que los grandes peligros ya quedan algo lejos, actualmente ya no existe el peligro de un totalitarismo cultural, que es tan duro e insoportable como las demás formas de totalitarismo.

Huir de una concepción totalitaria de la cultura, respecto a la inmigración, implica como cuestión previa que se den tres condiciones:

De ahí, que los agentes culturales deban tener como eje de su actuación también estos tres objetivos, sin la existencia de los cuales el inmigrante es un marginado.

Durante los próximos años deberemos combinar la acción cultural con esas tres premisas aún en construcción y el camino no será corto ni fácil.

El derecho a la ciudadanía

La Revolución Francesa convirtió al súbdito en Ciudadano. El esclavismo, el vasallaje y cualquier otra forma de subordinación de un ser humano respecto a otro desaparecía para siempre en el espíritu de las mayorías. El valor tridimensional de la libertad, la igualdad y la fraternidad emprendía una larga andadura, que ha hecho al ciudadano de la Europa de este fin de siglo titular de los derechos a la seguridad jurídica o Estado de Derecho; a la promoción social o Estado de bienestar; y a la participación política a través de las instituciones. Son los tres pilares de la ciudadanía europea. Hoy ya nadie acepta que a un ciudadano se le niegue ninguno de los tres. El ciudadano inmigrante no debe ser la excepción: cuando pone su pie sobre la Europa de las libertades también ha de ser ciudadano. La Declaración Universal de los Derechos del Hombre y del Ciudadano se proclamó en Europa como valor universal, y ese es también nuestro orgullo. Pero la realidad no confirma la regla; es la ausencia de tales derechos para los inmigrantes la excepción que la confirma.

La inserción laboral

El Pleno del Parlamento de Cataluña, en sesión celebrada el día 27 de junio de 2001, votó, por unanimidad, la Resolución 858/VI, por la que se aprobó el Documento de la Comisión de Estudio de la Política de Inmigración en Cataluña.

En el apartado dedicado a la política laboral, el referido Documento dice:

La inserción laboral es un elemento clave para la integración: tener un lugar de trabajo retribuido es para muchos el principal elemento para la integración en una comunidad; la precariedad genera inestabilidad para la persona y la sociedad.

La formación continua de los inmigrantes, la adecuación reglamentaria para que un inmigrante con trabajo pueda ser contratado legalmente en el período más breve posible, son circunstancias que favorecen la integración y la estabilidad laboral y social. Habría que agilizar, por lo tanto, los trámites para resolver con diligencia los permisos de residencia y de trabajo de las personas que reúnen todos los requisitos legales para ser contratadas.

En el ámbito laboral hay que respetar un principio básico muy simple: cualquier persona "de cualquier condición, origen, sexo o edad", que trabaje para otra debe hacerlo en las condiciones laborales que establezcan las leyes y los convenios colectivos para el conjunto de la población.

Es preciso que los extranjeros que sean trabajadores por cuenta ajena disfruten de los mismos derechos y deberes que los trabajadores nacionales; además, hay que poner los medios para que puedan defender sus derechos y conocer sus deberes.

Habría que fomentar la contratación y la formación en los países de origen, con la apertura de oficinas de información y orientación. Es preciso que todos los inmigrantes extranjeros que lleguen al país lo hagan en condiciones de poder trabajar, ya sea por cuenta propia o ajena.

En esta misma línea, debería considerarse la posibilidad de que las personas que disponen de un permiso de residencia puedan optar sin más requisitos legales a un empleo.

El desarrollo de las potencialidades creativas individuales y colectivas

El mundo oriental no es uniforme, como tampoco lo es el occidental. En el uno y en el otro hay quienes defienden la pena de muerte y quienes se oponen a ella, quienes creen en la democracia y quienes no, quienes potencian el Estado de bienestar y quienes lo desmantelan o no sobrepasan el concepto de la caridad.

Saber hacer de la cultura una herramienta común para la defensa de los derechos civiles, sociales y políticos democráticos es el gran objetivo. El mundo no está dividido en dos: Oriente y Occidente, el mundo está dividido entre quienes optamos por la modernidad y quienes optan por el feudalismo, pensamientos integrista y neoliberal incluidos entre los segundos. La verdadera "guerra de civilizaciones" es esa, y no la de las diferencias étnicas y religiosas.

En el plano municipal debemos facilitar la participación de los inmigrantes en la vida de la ciudad, ejerciendo los derechos a la participación de los que ya disponen, y, en la vida cultural, nuestra opción debe ser similar.

Si la ciudad acepta a la inmigración con sus características culturales, la inmigración aceptará a la ciudad y la hará suya. Si, por el contrario, la ciudad rechaza a los nuevos ciudadanos, éstos rechazarán a la ciudad y se producirá conflicto y xenofobia.

La creación artística y cultural, el asociacionismo, la concepción de las mezquitas como lugares de encuentro sociocultural son elementos que actualmente podemos manejar.

Sin excluir los consejos de participación, que propician la participación pasiva, debemos promover la participación activa, la que surge directamente de una persona o de un grupo de personas. Hacer de la cultura una herramienta de expresión creativa es una forma, más que importante, de integración social, tanto individual como colectiva.

El área metropolitana de Barcelona: una vieja experta

Siempre se ha dicho que la gracia de las civilizaciones y de sus culturas es que sean abiertas y cerradas a la vez. Abiertas para recibir y mediar la pluralidad y, a la vez cerradas, para definir una personalidad original, que las distinga de las demás.

Las ciudades también son comunidades humanas, y saber hacer de la apertura una original distinción sobre la que cerrar la identidad de la ciudad es todo un reto, que pueden encarar mejor las ciudades jóvenes, las que aún se están haciendo.

Las ciudades del mañana, sean viejas o jóvenes, serán ciudades interculturales, como la mayor parte de las ciudades del entorno metropolitano de Barcelona. Uno piensa que, en ese ámbito, el futuro que nos espera tiene muchos referentes en lo que ha sido nuestro pasado, y quizá por eso estamos situados en inmejorables condiciones para afrontarlo.

Quizá el conflicto y la segregación de los años sesenta -que los ayuntamientos democráticos y toda la sociedad han encauzado hacia conceptos de igualdad, tolerancia y solidaridad- sean ahora un patrimonio de valor incalculable, un gran contrapunto para conseguir un futuro de convivencia en el que ya somos viejos expertos. Y, además, nos gusta, pues cuando la apertura es el principal elemento de consciencia ciudadana, lo que sería conflicto se convierte en diálogo, y el diálogo es el signo más importante de eso que llamamos civilización.

Puede que, sin darnos cuenta, en lugares como el Baix Llobregat, el Barcelonés o los dos "valleses", hayamos iniciado un modelo de ciudad-crisol en el que se mirarán otras muchas ciudades en el futuro. La interculturalidad, que en otros lugares ha sido, es y será conflicto, para nosotros ha sido, es y será diálogo y convivencia creativa: consciencia ciudadana.

Carles Navales,

director de la revista "La factoría".

Colomers, 4 de abril de 2002.

(1) Alain Touraine. "Indicadores para el diálogo intercultural". Revista "La factoría", nº 16. Versión digital: www.lafactoriaweb.com